Cuando me siento a charlar con mis directivos y comparten conmigo sus inquietudes personales y profesionales, a veces dejan para el final un suceso vivido en ese último año que consideran poco importante (a veces lo llaman “anécdota”):

-“Una tarde de sábado, comencé a encontrarme mal. Sentí dolor en el pecho y me faltaba el aire. Seguro de que era un ataque al corazón, acudí al hospital. Después de todo tipo de pruebas, me dijeron que no era nada”.

–“¿Cómo que no era nada?” pregunto atónita

–“Bueno, que no era nada físico. El médico me dijo que “solo” era estrés.”

Hoy, desde la sección “La psicóloga de los directivos”, os voy a hablar del estrés.

Cuando el cuerpo ha llegado a ese punto, lleva tiempo dando señales de alarma. Al igual que en el salpicadero de nuestro vehículo, se activan señales luminosas para indicarnos que, de no detenernos, puede producirse una avería; también nuestro cuerpo emite signos diciéndonos “¡para!”.

Comienzan siendo sensaciones aisladas; “aunque caigo como un tronco sobre la cama, a mitad de la noche me despierto y ya no puedo volver a dormirme”; “me cuesta desconectar el sábado del trabajo porque sigo pensando en las cosas que ocurrieron durante la semana”; “llego a casa y me noto irritado, discuto con el primero que se cruza en mi camino”, “tengo contracturas musculares en la espalda, en el cuello”; “cuando llega la cena, ¡me comería una vaca! Siento mucha  ansiedad”.

Estas son algunas de las señales con las que el cuerpo nos habla. Y hay más: taquicardia, cansancio continuo, dificultad para mantener la atención o la concentración, molestias estomacales, problemas en la piel, caída del cabello, dolor de cabeza, respiración agitada…Y un día, ajenos a estos mensajes, puede ocurrir que uno pierda los papeles, explote de forma inadecuada y desproporcionada o sienta un incontrolable deseo de llorar. Todos estos son síntomas de ansiedad.

Ésta, nos ha servido para perpetuarnos como especie, cuando en la época de los depredadores uno de ellos podía poner en peligro nuestra vida. En esas situaciones, nuestro cuerpo se activa de forma automática: se acelera nuestro corazón para bombear de forma rápida la sangre que transportará oxígeno a los músculos del cuerpo y poder así prepararlo para correr (bien para atacar o bien para huir). Esta reacción de nuestro organismo tensará el cuerpo,  activará los jugos gástricos y producirá una larga ristra de efectos.

Hoy ya no hay leones por la calle, pero aun así hay muchas situaciones que activan estos síntomas: un atasco de coches, una reunión de trabajo, un correo electrónico, el teléfono cada vez que suena… ¿Alguna de estas situaciones podría “comernos”? ¿Qué es lo que activa entonces esta reacción en nuestro cuerpo? Nuestro lenguaje interno, nuestros pensamientos. Todo aquello que nos decimos mientras vamos camino al trabajo o volvemos de él, nuestras anticipaciones mentales al leer esa bandeja de correos entrantes, los “tengos” y “deberes” que uno mismo se autoimpone.

El cuerpo, flexible y adaptativo, es capaz de adecuarse a todo. Ante una situación que supuestamente amenace la vida, se activa, eleva su repuesta y una vez lejos aquello, vuelve a su estado de equilibrio. El problema surge cuando estas situaciones de sobre activación se repiten y se mantienen durante mucho tiempo. Entonces, como las gomas que de tanto tirar y tirar pierden la propiedad de la elasticidad, el malogrado cuerpo ya no sabe regresar a ese punto de armonía.  Un día sin causa aparente, el corazón se desboca sin control, los ojos se abren en mitad de la noche, y la sensación de falta de dominio genera aún más ansiedad, que intensifica todos estos síntomas, entrando en un bucle sin fin.  Se vive en un continuo estado de alerta. ¿Te imaginas sentir que de forma permanente tu vida está siendo amenazada? ¡Agotador! Eso es el estrés.

Ni más ni menos.

-“¿Y qué puedo hacer? ¡No puedo vivir así toda la vida!” –pregunta mi directivo.

La buena noticia es que este escenario se puede trabajar. ¿Cómo? Identificando y cambiando los pensamientos no adecuados que intervienen sobre nuestras emociones; recuperando el control sobre nuestra respiración para lograr llegar a estados de relajación; incorporando nuevos hábitos que se alejen de aquello que “debo y tengo”, por lo que “quiero y deseo” hacer.

-“Entonces, Marta; ¿el estrés es malo?”

–“Ni malo, ni bueno. Puede ayudar o ser un obstáculo. Dependerá del espacio que le demos en nuestra vida. Conocerlo es la primera piedra necesaria para vivir en equilibrio. Atender las señales de nuestro cuerpo y darle respuesta, es la segunda pata. Asumir y entender que en este mundo nada permanece, todo cambia y se transforma, y nosotros con él, puede ser la solución”.

Editor: Francisco Gonzalez Delgado

Portal de Empleo ESPACIO LABORAL

Blog ESPACIO LABORAL



Puedes leer este articulo completo en este enlace en el blog del portal de empleo ESPACIO LABORAL dado clic en el siguiente enlace Estaba sufriendo un infarto y solo era estrés

Visita el portal principal de la comunidad en www.espaciolaboral.org Te esperamos

Calificacion del articulo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*
Sitio Web